Homilía de
San Eugenio,
en el 1° Domingo de Cuaresma de 1813, en la Iglesia de La Magdalena.
“Vengan,
sobre todo ustedes, pobres de Jesucristo; ojalá pudiera yo lanzar mi
voz a las cuatro partes del mundo para despertar a tantos insensatos del letargo
fatal que conduce a la perdición.
Comenzaremos por enseñarles lo que son, cual es su noble origen; cuales
son los derechos que se les otorgan; cuales son también las obligaciones
que se les imponen.
Preguntemos al mundo. Responderá de acuerdo con sus prejuicios, códigos
insensatos que le sirven de regla de vida y conforme al cual emite sentencia.
Obreros: ¿Qué son ustedes según el mundo? Una clase de
gente, esclava de quienes les pagan, expuestos al desprecio, a la injusticia,
incluso con frecuencia, a los malos tratos de amos exigentes, brutales a veces,
que creen comprar el derecho a ser injustos con ustedes por el mísero
sueldo que les pagan.
Y ustedes labradores, campesinos: ¿Qué son para el mundo? Por
cuánto es útil el trabajo de ustedes, sólo son valorados
por la fuerza de sus brazos, se dan cuenta, de mala gana, de su sudor sólo
porque fecundan la tierra bañándola.
¿Qué futuro tendrán ustedes pobres, limosneros, obligados
por injusticia de los hombres o por el rigor de la fortuna a solicitar su mezquina
subsistencia, a mendigar, molestando, el pan que necesitan para mantener su
existencia? El mundo los mira como el desecho de la sociedad, insoportable para
sus ojos que miran hacia otra parte para no tener que apiadarse de su situación
que no quieren aliviar...
Ahí tienen lo que piensa el mundo. Ahí tienen lo que son a sus
ojos. Y, sin embargo, a él le han escogido como amo. Y ante él
están rindiendo homenaje hasta hoy. ¿Qué están esperando
de él? El insulto y el desprecio, esa es la recompensa que les retribuye,
jamás obtendrán de él otra cosa...
Pobres de Jesucristo, afligidos, desventurados, dolientes, enfermos, cubiertos
de llagas, todos ustedes a quienes la miseria oprime, hermanos míos,
mis respetables hermanos, escúchenme.
Son hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, coherederos de su Reino eterno, la
parte elegida de su herencia. Ustedes son como dice San Pedro: “una nación
santa, son reyes, son sacerdotes, son –en algún modo- dioses”.
Levanten su espíritu y vista; que sus almas decaídas se esponjen,
dejen de arrastrarse por la tierra y levanten la vista hacia donde debe estar
su morada más habitual. Que sus ojos traspasen de una vez los harapos
que les cubren. Hay dentro de ustedes un alma inmortal, hecha a imagen y semejanza
de Dios y destinada a poseerlo algún día, un alma rescatada por
el precio de la sangre de Jesucristo, más preciosa para Dios que todas
las riquezas de la tierra, que todos los reinos del mundo, un alma de cuyo bienestar
está más celoso que del gobierno de todo el universo. ¡Cristianos
reconozcan su dignidad!”*
San Eugenio de Mazenod – Fundador de los Misioneros Oblatos de María
Inmaculada.
* Homilía de San Eugenio, en el 1° Domingo de Cuaresma de 1813, en
la Iglesia de La Magdalena. (Marsella – Francia)