MONS. RAMIRO DIEZ, OBISPO MISIONERO EN EL VICARIATO APOSTÓLICO DE MACHIQUES, EN LA SELVA VENEZOLANA
Monseñor
Ramiro Díez nació en Villaverde de Arcayos (León) el 14
de septiembre de 1934. Ingresó en la Congregación de los Misioneros
Oblatos porque su gran sueño era ir a Filipinas a predicar el Evangelio.
Tras 20 años en el Seminario de Valladolid es desde 1997 obispo del Vicariato
apostólico de Machiques de Perijá (Venezuela).
¿Cómo
es el Vicariato de Machiques de Perijá?
Mons.: Hoy día no se puede decir que sea zona indígena,
ahora tenemos tres etnias y no son numerosas. Las etnias propias de Perijá
son dos, una debe tener unas 6.000 personas y la otra unas 10.000 de una población
total de 350.000 habitantes. Toda la historia del Vicariato, desde sus inicios
con los capuchinos, ha estado muy centrada en los indígenas.
¿Cómo se ha producido la inculturación del Evangelio en
estas etnias?
Mons.: Todas las culturas son diferentes, incluso dentro del Vicariato.
Aunque las etnias han vivido muy juntas, tienen cada una su cultura especial
en la concepción de Dios, de la Creación, del desarrollo de su
vida ancestral. La Iglesia (primero con la llegada de los padres capuchinos
en 1943) intentó cristianizar sus vivencias, aunque no hemos logrado
entrar de lleno en la etnia bari ni en la yukpa. Aunque, por lo que veo, van
dejando su propia cultura y la de la mayoría del pueblo criollo.
¿Qué consejo daría a un misionero que empieza o a alguien
que quiere ir a las misiones?
Mons.: Que tiene que ir con un corazón grande, con un corazón
grande para saber amar a Dios, tiene que ir lleno de Dios, pero también
saber descubrir la presencia de Dios en todas las necesidades materiales que
va a encontrar en su camino, en todos esos rostros de Cristo que nos encontramos
cada día por las calles, en niños, en ancianos... en ese mundo
de Cristo que se nos aparece en nuestros hermanos.
Hay que tener un corazón grande y una fe grande para saber que Cristo
está también en ellos.
Yo invito a que haya gente que se “enganche” al ahora de las misiones.
Hay que salir mucho de nosotros mismos para vivir ese mundo de fe y de entrega
que está ahí como un reto, como un desafío de todo lo que
significa la Iglesia y de todo lo que significa el Reino de Dios vivido en el
compromiso de fraternidad y unión que nos pide la Iglesia y que nos ha
pedido Jesucristo siempre en su vida y en su Evangelio.